Si las personas sólo fueran responsables de lo que hacen conscientemente, los idiotas estarían de antemano libres de cualquier culpa.
Milan Kundera
Milan Kundera, (Brno, actual República Checa, 1929) Escritor checo nacionalizado francés de amplísima proyección y fama internacional. Tras la invasión rusa de 1968 perdió su puesto de profesor en el Instituto Cinematográfico de Praga, sus libros fueron retirados de la circulación y tuvo que exiliarse en Francia. Después de su primera novela, El libro de los amores ridículos (1968), publicó La broma (1968), La insoportable levedad del ser (1984) y La inmortalidad (1990), entre otras. Ha escrito también una obra de teatro, Jacques y su amo (1971), y algunos ensayos. Sus novelas se sitúan a medio camino entre la ficción y el ensayo, y hacen uso frecuente de la ironía, la presencia de diversas voces narrativas, la confusión entre elementos reales y ficticios y la digresión. En ellas el autor se enfrenta a sus propios fantasmas personales, el totalitarismo y el exilio, al tiempo que ahonda en los grandes temas de la libertad y la ética desde un profundo desengaño, a veces difícil de percibir tras su estilo aparentemente ligero y amable.
Consciente o inconsciente, voluntario o involuntario, conocedor o no de lo que ocasionan nuestros actos está claro que la culpa de cuanto suceda será siempre nuestra, en derecho civil lo tienen muy claro con aquello de “Ignorantia juris non excusat”, “La ignorancia de las leyes no excusa de su cumplimiento”, que es parte del artículo 6º de nuestro código civil; bueno, pues trasladado a cualquier otra situación entraría en juego la frase de Kundera. Ya no es solamente el hecho de desconocer (o ignorar, pues puede ser de forma voluntaria) como afectaran nuestros actos a los demás, es también la responsabilidad de aquellos realizados de forma no consciente; ¿Cuáles son esos? Aquellos en los que no valoramos, o por lo menos no correctamente, la repercusión que tendrán. El ejemplo más paradigmático, el que nos ofrece Kundera, los ocasionados por estulticia, pero existen muchos más casos… ocurre en cualquier acción u objetivo que emprendamos. No conocer o por lo menos no en profundidad cuál será la repercusión que tendrán nuestras palabras – seguramente el primer acto del que podemos llegar a arrepentirnos – decirlas en momentos de nerviosismo o de ofuscación, sería otro de los momentos que conscientes “soltamos” algún argumento del que es muy posible que más adelante nos arrepintamos, ya lo dice el anónimo popular “el comienzo de la sabiduría es el silencio”; saber callar es tan importante como saber (cuando) hablar.
Kundera habla de la responsabilidad de los idiotas… pero todos hemos pasado por esa categoría…decía François Rebelais. “si no quieres ver a un idiota, rompe el espejo”, ese es el caso, ¿quién se libra de, en algún momento, cometer (o decir) alguna estupidez? Seguro que nadie, lo malo es insistir, (“la estupidez insiste siempre”. Albert Camus) y persistir en nuestra idiotez es lo que nos convierte en idiotas; así que revisemos con cuidado nuestros actos y nuestras palabras para evitar que nos clasifiquen en esa categoría tal como escribía Bernard Shaw, “prefiero callar y que los demás pienses que soy un idiota, que hablar y que no les quede la más mínima duda».
MM/AT
