La Frase de la semana 175

Martin Seligman (Albany, agosto 1942) es un psicólogo y escritor estadounidense. Se le conoce principalmente por sus experimentos sobre la indefensión aprendida (learned helplessness) y su relación con la depresión. También es conocido por su trabajo e influencia en el campo de la psicología positiva. Desde finales del 2005, Seligman es director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania.

Hay quienes creen que eso de ser pesimista se hereda… Martin Seligman no duda en llevarles la contraria. Puede que sea algo hereditario, pero, según él, la buena noticia es que con esfuerzo y práctica puede llegar a verse el mundo desde el lado optimista de las cosas. «El pesimismo es uno de los rasgos de la personalidad que es altamente heredable, pero también modificable por ejercicios específicos», afirma Seligman en su artículo Authentic Happiness.

Lo cierto es que siendo optimista ves la vida con una cierta sonrisa. Incluso algunos estudios relacionan esta manera positiva de ver la vida con una salud mejor, con la posibilidad de ganar más dinero y con ser más productivos en el trabajo. Ahora bien, ser positivo no es dejarse llevar por el pasteleo “wonderful” que se ve impreso en algunas agendas y tazas de desayuno. Una persona optimista es aquella con una predisposición mental a confiar en el éxito y a apoyarse en la esperanza de que las cosas saldrán bien. Es decir, el optimista es aquel que posee esperanza. Ahora, esperanza como bien la define Vaclav Haval: “La esperanza no es la convicción de que algo saldrá bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, salga como salga y que eso nos será útil”. Así, con esa mentalidad de que la vida es una experiencia de aprendizaje, se acostumbra a gestionar mejor el estrés y se mantiene la perspectiva anclada en el momento presente. Sin dramatismos ni emociones negativas.

¿Cómo podemos entrenar nuestro cerebro para ser optimista? Pues como con cualquier rutina que queramos adoptar, es decir, con constancia y ejercicios de, como mínimo, 21 días, aunque solo necesitas un lapso de dos minutos cada día. Puedes ir practicando con estos consejos:

Agradece por tres cosas buenas que te hayan pasado. Cada noche intenta recordar aquello positivo que te ha sucedido durante la jornada. Pero concreta. No basta con decir «doy gracias por tener trabajo». Esfuérzate: busca algo como: «Gracias porque han pensado en mí para ese proyecto» suena mucho mejor. Tampoco tienen que ser los logros de una vida, cosas sencillas. Apunta: recuerda al menos tres.

No decaigas ante la decepción: acéptala.  La mayor parte de pesimistas lo son, porque les resulta imposible entender que las cosas pueden salir mal a veces. Pues sí, así es la vida, y no pasa nada. Si niegas los altibajos de la vida, si únicamente piensas en lo mal que pueden salir las cosas, te pierdes la “anticipación positiva de los acontecimientos”, como, por ejemplo, el placer de planear unas vacaciones o un viaje, da igual si al final puedes ir o no. Si tienes que elegir entre posibilidades positivas que quizá puedan fallar y otras negativas que tienen más cartas de poder cumplirse, elige las primeras. Porque al final muchas de las cosas nocivas que imaginamos no llegan a ocurrir realmente. Y si ocurren, nos recuperamos más rápido de lo que podíamos pensar.

Mira las cosas con perspectiva. Ni todo es una mierda, ni todo es maravilloso. Hay que encontrar el término medio y para eso es necesario poner distancia, cambiar el ángulo de visión. Aprende a reconocer la sabiduría de la inseguridad: La capacidad de fluir con los cambios, ver todo como un proceso de cambio.

Multiplica por dos lo bueno que te ha pasado. No se trata de exagerar la realidad, sino de recrearse en los detalles bonitos. Según Shawn Achor], el cerebro no puede diferenciar entre la visualización y la experiencia real, por lo que si ya te ha ocurrido, y vuelves a visualizarlo, duplicas la experiencia positiva en tu cabeza.

Argumenta contra ti mismo. No eres peor que otros por mucho que te hayan ido mal las cosas. No es verdad que te vaya peor que a otros solo porque tú eres tú. Evita las comparaciones odiosas y céntrate en lo positivo.

Haz algo de ejercicio. Mínimo15 minutos al día y a ser posible cardiovascular. Cánsate, suda.

Contagia tu optimismo. En lugar de llamar o escribir a tu compañera/o, pareja, hija/o, hermana/o, etc. para hablarle solo de trabajo, de lo mal que van las cosas o del disgusto que te han dado, prueba a decirle de vez en cuando lo bien que hace ciertas cosas y lo mucho que te ayuda. Lo importante es que sea uno cada día y por distintos motivos. Vale un email, un WhatsApp, por Telegram o un comentario en Instagram. Tú eliges. Verás que la respuesta siempre será buena.

Y sonríe. Siempre. Recuerda que la risa es contagiosa. Con todos. Y seguramente aquellos a los que menos ganas te dan de ofrecerla sean los que más pueden necesitarla.

MM/AT

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