Un fémur roto.
Margaret Mead
“Hace años, una estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler.
Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a beber o buscar comida. Eres presa fácil de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.
Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha curado la herida, le ha llevado a un lugar seguro y le ha ayudado a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización”.
La anécdota la cuenta el doctor Ira Block en su libro “El mejor cuidado posible”.
Margaret Mead (Filadelfia, diciembre 1901 – Nueva York, noviembre 1978) fue una antropóloga y poeta estadounidense. En sus investigaciones etnográficas de las décadas de 1920 y 1930, puso en entredicho la visión sexista biologista[1] que prevalecía en las ciencias sociales en EE. UU. según la cual la división sexual del trabajo en la familia moderna se debía a la diferencia innata entre el comportamiento instrumental (público, productivo) de los hombres y el expresivo de las mujeres. En su estudio comparativo Sex and Temperament in Three Primitive Societies Mead introdujo, en 1935, la idea revolucionaria de que, por ser la especie humana enormemente maleable, los papeles y las conductas sexuales varían según los contextos socioculturales. Fue, así, precursora en la utilización del concepto de «género», ampliamente utilizado posteriormente en los estudios feministas.
Para Meud, la civilización empieza con la declaración de una persona que ayuda a otra. Las reflexiones frente al fémur roto pueden ser muy profundas o muy inocentes, pero, en cualquier caso, podríamos hablar del primer conato de solidaridad. Crear vínculos. El ser humano es vulnerable e interdependiente por naturaleza, no podemos cambiarlo. Necesitamos a los demás.
Así pues, a lo largo de toda nuestra vida vamos a entablar relaciones con otros con el fin de sentirnos seguros y de cuidarnos mutuamente. Y no solo físicamente, también buscamos seguridad emocional. Siempre vamos a recurrir a los demás, aunque de diferentes maneras, habrá quien lo haga de una forma apegada, quien de una forma lejana… cada uno llevamos un bagaje que nos dirige (¿limita?) a la hora de entablar esas relaciones. Pero siempre debe haber un otro que responda a nuestra demanda de cuidado, atención, seguridad o afecto. No únicamente es necesario, es imprescindible.
MM/AT
