Los silencios más incómodos de soportar son los que tengo conmigo mismo.
Manel Menal
En Occidente hablar poco se puede interpretar como no tener mucho qué decir, en Oriente, al contrario, quien habla demasiado se considera perturbador y sospechoso de ser un charlatán. Allí el silencio tiene un significado profundamente espiritual aquí, en cambio, en algunos momentos acabamos hablando de silencios “incómodos…” y es sobre éstos en los que quiero reflexionar, sobre los silencios incómodos que tenemos con nosotros mismos. Dicen que es relativamente fácil engañar a los demás, pero es imposible engañarse a uno mismo. Autoengañarnos es negarnos la verdad de las cosas, podemos intentarlo, podemos buscar argumentos (o excusas) pero la realidad es terca y acaba por emerger.
Es entonces cuando el silencio se hace más molesto porque nos estamos recordando que la falacia que nos hemos creado era eso, una ficción que sabíamos acabaría en algún momento, y peor que alguien te recrimine es que te recrimines tú mismo. Normalmente acabamos siendo jueces mucho más severos cuando nos valoramos a nosotros mismos. También es cierto que lo llamamos silencio incómodo porque llamarlo “insulto interior” es más difícil de describir, pero no deja de ser eso, una forma en que nuestra mente nos recuerda que no hemos hecho todo lo necesario, que hemos sido demasiado imprudentes o ingenuos y que si hemos fallado la culpa es solo nuestra.
¿Cómo hemos llegado a ese silencio? En la mayoría de los casos por falta de confianza, miedo o resistencia a tener una conversación verdadera. Las conversaciones, las de verdad con otras personas, hacen reales los largos y a veces improductivos diálogos internos que tenemos con nosotros mismos y es la única forma de crecer en las relaciones, en el trabajo o con la familia. Conversar despeja y facilita haciendo real lo que pensamos, porque incorporamos a los demás, porque somos auténticos (y valientes) y así podemos esperar lo mismo de los demás. Conversar es un principio de acción, da pie a cambiar una situación a desenredar un malentendido o a desbloquear una actitud. Conversar «de verdad» es el camino para cambiar «de verdad», porque seguramente no tienes nada que perder y mucho que ganar.
Piensa un poco, ¿cuántas conversaciones estancadas tienes pendientes? en la empresa, en tus relaciones o con tu familia, un día cualquiera genera multitud de ocasiones, y, sobre todo, ¿cuántas acciones y emociones están bloqueando? Nunca te arrepentirás de haberlo intentado, en cambio, si no lo intentas, acabarás teniendo alguno de esos silencios incómodos. Hay que iniciar ese diálogo. Recuerda las palabras convencen, pero los ejemplos arrasan.
MM/AT
