La Frase de la semana 134

Henry Wadsworth Longfellow (Portland, Estados Unidos, febrero 1807, poeta estadounidense. Está considerado uno de los padres indiscutibles de la poesía norteamericana y fue, sin duda, el más popular de su país durante el siglo XIX. También fue uno de los cinco miembros del grupo conocido como los Fireside Poets (Poetas hogareños). Alcanzó un gran reconocimiento gracias a obras como Ultramar (1835), una narración que recoge sus viajes por Europa, y más tarde con su primera obra poética, Las voces de la noche (1839). A este libro le siguió Baladas, en el que alcanzó la cumbre de su inspiración poética.

En sus obras posteriores se decantó hacia temas de carácter popular e histórico; así, en el poema narrativo Evangeline (1847) rememoraba el éxodo de los acadios, y en Hiawatha (1855) recurría a las leyendas y al folclore de los indios. A la poesía de Longfellow, de esmerada factura métrica y rítmica, se le atribuye la condición de clásico de la cultura norteamericana por la fascinación que han ejercido sus poemas en varias generaciones, sobre todo en los niños y los jóvenes. La popularidad inmensa de Longfellow ayudó al desarrollo de la poesía en Estados Unidos y al conocimiento de ésta en todo el mundo. Vivió la mayor parte de su vida en Cambridge, Massachusetts, en una casa ocupada durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos por el general George Washington y sus mandos.

Los versos corresponden al poema “el día lluvioso[1]” y la traducción literal del verso sería:

En cada vida debe caer algo de lluvia.  Algunos días deben ser oscuros y tristes.

Y es como debe ser, nadie puede esperar una vida de felicidad y dicha completa. Eso no existe. Además, para poder gozar de los buenos momentos hay que valorar, vivir y aguantar aquellos que nos recuerden que somos humanos y por tanto con la capacidad de sufrir. Longfellow expresa con enorme talento los sentimientos de tristeza y angustia de una persona durante un día lluvioso, esos sentimientos que, a todos, en algún momento nos han invadido. Ese día lluvioso puede representar muchas cosas, desde una pérdida, un desengaño, una ruptura…pero el mismo Longfellow en su poema nos recuerda que “detrás de las nubes sigue brillando el sol”, y que ese “día lluvioso” también pasará…

Decía Moliére, “la felicidad ininterrumpida aburre, debe tener alternativas…” no es tanto aburrimiento, sino que ese bienestar permanente no nos prepara para vivir en este mundo. La felicidad completa atrofia el alma, el sufrimiento ocupa igual espacio en nuestro interior que la felicidad. Así, la próxima vez que “tengas un día lluvioso, triste u oscuro” además de recordar que “también pasará”, pues ningún acontecimiento ni ninguna emoción son permanentes debes aceptarlo como parte de la dualidad de la naturaleza, como el día y la noche, porque forma parte de esa naturaleza misma de las cosas. Habrá momentos de alegría y momentos de tristeza, y tanto unos como otros son transitorios forman parte de la vida. Aprendamos a vivir con todos ellos y seguro que nos acercaremos a un mejor estado de paz interior.

MM/AT

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