Manel Menal
Apaisajado.
Tras cuatro horas para “discutir” (entre comillas pues más bien es aceptar) los cinco puntos de actuación del próximo trimestre todos estamos de acuerdo en la estrategia de acción. Se aprueba el calendario, se distribuyen las tareas, se acuerda el seguimiento y se finaliza la reunión. De vuelta a nuestras respectivas oficinas voy recapacitando sobre lo tratado, sobre mi parte de faena y cómo trasmitir a mi equipo los próximos pasos.
Voy pensando en los inconvenientes, en las dudas que generaran en mi grupo, las preguntas que pueden surgir y conforme avanzo me voy dando cuenta que no tengo respuesta para la mayoría de ellas. ¿Cómo es posible que detecte ahora, una vez fuera, que haya tantos cuestionamientos? Se me viene a la cabeza un solo concepto inventado por un buen compañero: me estoy apaisajando.
Apaisajarse no es sólo mimetizarse por unas características y funciones similares con el paisaje, formar parte de él, también es acostumbrarse a las situaciones, a las órdenes, y sin poner ningún reparo llevarlas a cabo. Solo por obediencia (que no respeto), rutina o incluso algo que ver con el llamado “silencio de los corderos”, silencio que no es presagio de tranquilidad sino más bien de miedo.
Apaisajarse es aceptar, es dejar de tener la posibilidad de discrepar para acabar diluido en el pensamiento único general. Apaisajarse es el paso definitivo para dejar de ser tú mismo y convertirte únicamente en eso, parte del paisaje.
Decía Mark Twain, “cuando encuentres que estás del lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar”, si llevamos esa misma cita al entorno empresarial estamos hablando de la misma idea. Y cuidado, no estoy hablando de desobedecer o de infringir los acuerdos o mandatos recibidos. Estoy hablando de cuestionar, en lo posible, las decisiones para aportar puntos de vista diferentes y en lo viable soluciones más ajustadas a resolver el problema. Es ser más ejecutivo para ser menos ejecutor. Reflexionar y tener la posibilidad de expresar opiniones discordantes debe formar parte del espíritu de cualquier equipo, al nivel que sea, y es la única forma de conseguir aliados en vez de súbditos y que las decisiones sean no solo validadas sino defendidas por todos. Porque apaisajarse es, en definitiva, rendirse.
Expresar disconformidad, si es el caso, con las órdenes recibidas es el último reducto que debería quedarnos antes de aceptar, sin discusión, llevarlas a cabo. La próxima vez que te encuentres respaldando sin dudas las decisiones o las órdenes que te llegan pregúntate si te estás apaisajando, y si es así porqué es, ¿es comodidad, es rutina o es miedo? Porque para cada una de las posibilidades las actuaciones pueden ser diferentes. Si es comodidad o rutina empieza a cuestionarte si verdaderamente la línea de actuación está de acuerdo con todos tus principios, tanto profesionales como éticos, y vuelve a defender tus ideas, pero si es miedo igual es momento de plantearte si eres tú quien debe cambiar de empresa.
MM/AT
