Abróchense los cinturones.
Manel Menal
Vuelo de Barcelona a Bilbao a primera hora de la mañana. Llevamos 45 minutos en el aire cuando se oye la señal acústica y se enciende la luz de “abrochar cinturones”. La voz del piloto por megafonía nos informa: “señoras y señores entramos en una zona de turbulencias. Por favor permanezcan en sus asientos y hagan uso de los cinturones de seguridad”. Por suerte para mí, viajar en avión no representa ningún temor, hace tiempo que forma parte de mi zona de confort y puedo ir, normalmente incluso, recuperando horas de sueño… Pero el aviso me despereza y a partir de este momento empiezo a observar las reacciones de los diferentes pasajeros a mi alrededor.
Mi compañero de asiento sigue con la lectura de los periódicos del día (sí, entonces todavía había prensa gratis…) sin dar ninguna señal de nerviosismo mientras el fuselaje del avión empieza a moverse y emitir sonidos muy poco halagüeños. Más allá, en la misma fila al otro lado del pasillo, dos pasajeros más son dignos de mención. El que permanece sentado en el pasillo está cogido a los pasamanos del asiento agarrado con tanta fuerza que se nota todo su cuerpo en tensión, cada quince segundos echa una mirada inquisitiva a las azafatas, no sé si esperando ver un indicio de tranquilidad o de miedo. Su compañero, en ventanilla, parece ir revisando el ala del avión con tanta expectación como si estuviera esperando ver una grieta en cualquier momento para dar la voz de alarma. Los pocos pasajeros que iban hablando se han callado y únicamente se oye el ruido de la cabina al ser maltratada de forma violenta debido a las corrientes de aire que vamos atravesando. Aunque nadie dice nada se nota un cierto nerviosismo en el ambiente.
Me da por pensar que aquí tenemos una muestra de todas las formas en que las diferentes personas se enfrentan a situaciones de amenaza o peligro. Desde la más zen: “Si un problema no tiene solución, preocuparse no sirve de nada.” Pasando por el estoico: “lo que tenga que pasar pasará, sustine et abstine[1].” Siguiendo con el nervioso – sentimental: “¿por qué tiene que pasarme a mí? Y acabando con el murphiliano: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”.
Cuando nuestro día no comienza de la manera que hubiésemos deseado, necesitamos tomar control sobre la única cosa de la que tenemos dominio… nosotros mismos. Sea en un avión, rodeados de aluminio, acero, fibra de vidrio y carbono sacudidos por el viento; sea en la oficina donde el entorno (seguramente, espero) es menos hostil pero los problemas mucho más considerables mantener un estado anímico capaz de visualizar las complicaciones en su tamaño real, sin exagerar ni dramatizar, será la diferencia entre sufrir o disfrutar. Decía Séneca: “quien se aflige antes de tiempo, se aflige más de lo necesario”. No es solo cuestión de tiempo, también de magnitud. Magnitud real, verdadera, no de la que tenemos percepción si no aquella que tras su estudio en profundidad valoramos como realista; y una vez con ese conocimiento, tratarla.
MM/AT
