El mensaje en el anillo
Esta semana no hay frase si no cuento. Ya que estamos a las puertas de la Navidad, he recordado esta historia que os paso a relatar.
Érase una vez, hace muchos, muchos años, en un lejano país, un rey que se dirigió a los sabios de su corte y les dijo:
– Mi joyero me está fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles y quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje corto de manera que quepa escrito debajo del diamante del anillo.
Todos los que escucharon el deseo del rey eran sabios, grandes eruditos que podrían haber escrito grandes tratados, pero no encontraban mensaje a darle, de no más de dos o tres palabras, que le pudiera ayudar en momentos de desesperación total…Pensaron, buscaron en sus libros, pero no encontraban nada. En vista de que no le solucionaban su petición, el rey se dirigió a un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey había muerto joven y este heraldo cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un gran afecto y un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó.
Y éste le dijo:
– No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico, un anciano espiritual. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje –el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas –le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.
Por desgracia para el rey, ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y él perdió el reino. De repente se encontró huyendo en su caballo para salvar la vida mientras sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque ya podía oír el trotar de los caballos de sus enemigos que le cerraban el camino. No podía seguir hacia delante y no había ninguna otra salida…
Entonces se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, baile y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano, que estaba a su lado en el carro, le dijo: – Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje. – ¿Qué quieres decir? –preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida. -Escucha –dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba. En medio del bullicio, el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo: Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
Esto también pasará.
MM/AT
