La Frase de la semana 85

¿Cómo pretendes que alguien que está abrigado comprenda a alguien que tiene frío?

Alexander Solzhennitsyn

Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn (Kislovodsk, Rusia, diciembre 1918 – agosto 2008). Escritor e historiador ruso, fue un crítico feroz de la Unión Soviética y su totalitarismo. El 7 de julio de 1945, había sido condenado, por el Consejo Especial de la NKVD a ocho años en un campo de trabajo (gulag), la Lubyanka, tras ser arrestado por escribir comentarios despectivos en cartas privadas a un amigo, Nikolai Vitkevich, acerca de la conducción de la guerra por Joseph Stalin. Los primeros años de su cautiverio los pasó en varios campos, hasta que, gracias a sus conocimientos matemáticos, fue enviado a un centro de investigación científica para presos políticos, Sharashka, vigilado por la Seguridad del Estado.

Se le permitió publicar una sola obra en la Unión Soviética, «Un día en la vida de Iván Denisovich», en 1962, en la revista Novy Mir. Posteriormente se vio obligado a publicar en Occidente: «El pabellón del cáncer», en 1968, «De agosto de 1914», en 1971 y «El Archipiélago Gulag», en 1973. Fue galardonado en 1970 con el Premio Nobel de Literatura: «por la fuerza ética con la que ha perseguido las tradiciones indispensables de la literatura rusa». Tuvo miedo de ir a Estocolmo para recibir su premio por el temor de que no se le permitiera volver a entrar en su país. Finalmente, fue expulsado de la Unión Soviética en 1974, exiliándose en los Estados Unidos, regresando en 1994 tras la disolución de la URSS. Murió en Moscú y a la capilla ardiente, instalada en la sede de la Academia de las Ciencias de Rusia, acudieron en masa los moscovitas, para rendirle un último homenaje. También el presidente ruso Vladímir Putin rindió homenaje al mayor crítico del régimen comunista.

Es fácil hablar de empatía, es fácil de definir, de imaginar. Pero esa capacidad de identificarse y compartir sentimientos es más difícil de apreciar; no es solidarizarse, ni reconocer, ni entender la situación del otro, es sentir. Solzhennistsyn pone un ejemplo claro, literal, como es padecer frío, solo notando (¿sufriendo?) el mismo sentimiento que la otra persona puede llegar a imaginar su situación; y, aun así, es difícil percibir lo que puede estar ocurriendo en su interior porque el sentimiento puede ser compartido pero lo sentido no tiene por qué. Cada persona reacciona de forma desigual ante una misma situación, empatizar no es sentir “como estaría yo” en ese momento, ante ese suceso, es entender que la otra persona puede sentir de forma diferente a la mía.

Cuando sentimos empatía, y vemos sufrir a otro, al tomar cierto grado de conciencia de uno mismo, sabemos que hay una parte de nosotros que sufre de la misma manera de modo que nos identificamos con el dolor (o sufrimiento) de esa persona. Es entonces cuando se abre nuestro corazón y se produce el deseo de entender o ayudar…es decir empatía tiene una parte de compasión; no por la tristeza que produce si no por el impulso que nos lleva a aliviar, remediar o evitar su dolor. Y también parte de coraje, que nos facilita negar las injusticias o ignorar el sufrimiento y, claro está, de asimilación, pues como dice Patti Smith, “aquellos que sufrieron comprenden el sufrimiento, y por lo tanto extenderán su mano”. Es más fácil comprender una situación cuando la has vivido en tu propia existencia.

También es posible que creamos que conceptos como moralidad, respeto y empatía deben sernos enseñados por nuestro entorno pues no son innatos a nosotros mismos – culpa de nuestro sistema educativo y/o religión – pero no es así, todos nacemos con la capacidad de entenderlos, lo que necesitamos es que nos ayuden a encontrar esas definiciones dentro de nosotros mismos; y después, como no, alimentarlas para hacerlas crecer. Todos somos personas buenas de manera inherente, estoy completamente seguro. No es necesario tener frío para saber qué debemos (ayudar a) abrigar a quien lo padece.

MM/AT

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