No entiendo por qué hago lo que hago; porque no hago lo que quisiera hacer y, en cambio, hago lo que odio.
Pablo de Tarso
Pablo de Tarso, de nombre judío Saulo de Tarso o Saulo Pablo, y más conocido como San Pablo (Tarso, 5-10 d. C. -Roma, 58-67), es llamado el «Apóstol de los gentiles», el «Apóstol de las naciones», o simplemente «el Apóstol». Hijo de hebreos y descendiente de la tribu de Benjamín, el libro de los Hechos de los Apóstoles señala además otros tres puntos respecto de Pablo: que fue educado en Jerusalén; que fue instruido por el famoso rabino Gamaliel y que era fariseo.
Su pensamiento conformó el llamado cristianismo paulino, una de las cuatro corrientes básicas del cristianismo primitivo que terminaron por integrar el canon bíblico. Sus escritos, de los que han llegado a la actualidad copias tan antiguas como papiros datados de los años 175-225, fueron aceptados unánimemente por todas las Iglesias cristianas. Su figura, asociada con la cumbre de la mística experimental cristiana, resultó inspiradora en artes tan diversas como la arquitectura, la escultura, la pintura y la literatura y es para el cristianismo, ya desde sus primeros tiempos, una fuente ineludible de doctrina y de espiritualidad. En contraste con su juventud de fariseo intransigente, cerrado a toda amplia visión religiosa y celoso de las prerrogativas espirituales de su pueblo, San Pablo dedicaría toda su vida a «derribar el muro» que separaba a los gentiles de los judíos. En su esfuerzo por hacer universal el mensaje de Jesús, San Pablo lo desligó de la tradición judía insistiendo en que el cumplimiento de la ley de Moisés (los mandatos bíblicos) no es lo que salva al hombre de sus pecados, sino la fe en Cristo; en consecuencia, polemizó con otros apóstoles hasta liberar a los gentiles de las obligaciones rituales y alimenticias del judaísmo (incluida la circuncisión). En circunstancias que han quedado bastante oscuras, fue condenado a muerte y por ser ciudadano romano, fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67, no lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según la tradición, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la decapitación.
La cita está extraída de la carta a los romanos (7:15) sexto libro del Nuevo Testamento y fue escrita muy probablemente durante la estadía de Pablo en Corinto, y probablemente mientras se alojaba en la casa de Gayo, y transcrita por Tercio, su amanuense. En ella San Pablo diserta largamente sobre el pecado; yo esta acción/inacción de la frase de hoy la traslado a otros contextos. Y no estoy valorando únicamente la posible procrastinación de la situación que nos lleva a pensar (o decir) la sentencia, si no también en lo que dice la última parte, esa de “hago lo que odio”, refiriéndose a llevar a cabo acciones que, aun sabiendo que no son las más adecuadas, persistimos en su ejecución. Y esa acción, que realizamos voluntariamente pues nuestra mente la aprueba en el momento de su curso, sabemos que seguramente traerá consecuencias y, aun así, vamos de cabeza.
Ese “hago lo que odio” debería ser clarificado en nuestro cerebro, ¿estamos actuando mal en convencimiento o porqué nos han hecho creer que es así? ¿Por qué no disfrutamos (suficiente) al hacerlo o porque nos preocupan (más) las consecuencias? Si en diferencia es nuestra propia mente quien plantea la duda, liberémonos primero de posibles prejuicios, no argumentes si es lo que conviene, si es lo que toca o lo que todo el mundo hace, ¿realmente es lo que quieres? Pues sigue adelante.
MM/AT
