Siempre que hay alguna duda, es que no hay duda.
Ronin – Robert de Niro
Ronin es una película estadounidense de acción estrenada en 1998, dirigida por John Frankenheimer, escrita por J. D. Zeik y David Mamet (bajo el seudónimo de Richard Weisz) y protagonizada por Robert De Niro y Jean Reno, entre otros. La película, caracterizada por sus persecuciones automovilísticas a través de Niza y París, fue producida en Hollywood a finales de la década del pasado siglo. Es una película de acción y suspense (aunque poco…) La trama: como los hombres sin honor, llamados «Ronin» en Japón, en Europa abundan los expertos en peligrosas operaciones secretas que venden sus servicios al mejor postor. Estos mercenarios se limitan a cumplir la misión que les han encomendado, pero ignoran para quién trabajan y cuáles son los verdaderos objetivos de su actividad. En este caso, sólo saben que deben encontrar una misteriosa maleta.
Un rōnin (浪人 hombre vagabundo, “un hombre errante como una ola en el mar”) era un samurái sin amo durante el período feudal de Japón, entre 1185 y 1868. Un samurái podía no tener amo debido a la ruina o la caída de este, o a que había perdido su favor. Según el código ético del bushidō (código del samurái), un samurái tendría que cometer seppuku (también harakiri —suicidio ritual—) si perdía a su amo. Quien no respetaba el código estaba destinado a sufrir una gran vergüenza. La indeseabilidad del estatus de rōnin era principalmente una discriminación impuesta por otros samurái y por los daimyō, los señores feudales. Los rōnin eran conocidos por ser delincuentes, bandidos o bandoleros. Algunos de ellos se unieron al crimen organizado en los pueblos y ciudades y principalmente eran contratados como mercenarios para hacer un trabajo rápido y eficaz. Este segmento criminal dio al nombre de rōnin una reputación de deshonra, dándole una imagen de matones, asesinos y vagabundos.
La frase es la confirmación de que dudar, por algún motivo, no es más que certificar que hay indicios de que el hecho que provoca nuestra incertidumbre puede perjudicarnos o como mínimo afectar a nuestra forma de proceder. Cuando tenemos motivos para dudar puede ser por dos cosas, porque el hecho ya ha ocurrido y la persona sobre quien dudamos ha actuado anteriormente y por tanto tenemos sospechas de la verdadera intención que se está ocultando o porque siendo la primera vez que nos enfrentamos a esa situación nuestro juicio (¿o nuestra intuición?) nos está advirtiendo del propósito escondido por el que se nos precisa… y por el que podemos acabar siendo nosotros perjudicados. Ya no se trata de encontrar “al primo” de la partida como advertía en alguna reflexión anterior esta vez es evitar que si hay daños sean en nuestra parte.
El pensamiento científico, sobre todo el matemático, tiene una versión bastante distinta con referencia a las dudas, aquello de “duda de los datos hasta que los datos no dejen lugar a dudas”, de Henri Poincaré, pero él mismo, con razonamiento matemático, nos alerta de dejar cabos sueltos, “es mucho mejor prever, incluso sin certeza, que no prever en absoluto”; y es que ese prever, de significado ‘ver con anticipación’, ‘conjeturar’ o ‘disponer para futuras contingencias’, no es más que el resultado de saber eliminar dudas.
Por otro lado, no dudar en absoluto es la certeza de los ignorantes, la diferencia para llegar a ser un hombre sabio es saber despejar esas dudas lo suficiente como para sentirte bien con tus propias decisiones…y por tanto aceptar las consecuencias.
MM/AT
