Soy lo que soy… Porque alguien debe serlo.
Sir Reinaldo en El Reino de los Cielos
Dejando la película (donde el personaje es interpretado por Brendan Gleeson) y basándonos únicamente en la historia, sabemos que Reinaldo I de Châtillon o Reinaldo I de Antioquía (1125 – julio 1187) fue un caballero francés que participó en la Segunda Cruzada capturado por los sarracenos en 1160, y liberado por el rey Balduino quien le entregó los castillos de Kerak y Montreal. Pronto se hizo famoso Reinaldo por su crueldad, pues a menudo despeñaba a sus enemigos desde lo alto del castillo de Kerak para que se hicieran pedazos con las rocas que había al pie de la fortaleza. Balduino y Reinaldo lograron derrotar conjuntamente a Saladino en la batalla de Montgisard (1177), que supuso su entrada triunfal en Jerusalén. Balduino, aprovechando su primacía, estableció un pacto con Salah al-Dinn durante el cual se mantuvo una duradera tregua. Mientras, Reinaldo de Châtillon se dedicó a asaltar las caravanas árabes que pasaban por las cercanías de Kerak y aunque Saladino exigió al rey que castigase a Reinaldo, éste se confesó impotente para controlar a su vasallo. El resultado fue el reinicio de las hostilidades entre cruzados y musulmanes.
El fin de Reinaldo nos lo cuenta el historiador árabe Imad al-Din (Por la pluma de Amin Maalouf en su espléndido libro: Las cruzadas vistas por los árabes) : “En 1187 las tornas habían cambiado Salah al-Din había infringido una gran derrota a los cristianos en los cuernos de Hattin y los nobles habían sido capturados, Salah al-Din invitó al rey (Guy de Lusignan, pues Balduino ya había muerto por la lepra) a sentarse a su lado a beber agua helada y, cuando entró Arnat (en las crónicas árabes Reinaldo es llamado Arnat), lo instaló cerca de su rey y le recordó sus fechorías: “¡Cuántas veces has jurado y luego has violado tus juramentos, “¡cuántas veces has firmado acuerdos que no has respetado!”. Arnat le mandó contestar al intérprete: “Todos los reyes se han comportado siempre así. No he hecho nada más de lo que hacen ellos”. (Como veis algo diferente a la película…). El rey bebió y luego le tendió el resto a Arnat que apagó la sed a su vez. El sultán le dijo entonces al de Lusignan: “No me has pedido permiso antes de darle de beber. No estoy obligado, por tanto, a concederle la gracia”. el sultán salió para supervisar el regreso de las tropas y luego volvió a su tienda. Una vez allí, mandó traer a Arnat, avanzó hacia él con el sable en la mano y lo golpeó entre el cuello y el omoplato. Cuando Arnat cayó al suelo, le cortaron la cabeza y luego arrastraron su cuerpo por los pies ante el rey…”
Profesionalmente a menudo debemos cumplir un papel o desempeñar una acción con la que, sencillamente, no estamos de acuerdo; ese deber obrado por obligación, por ser la nuestra la función encargada de realizarlo, o simplemente porque nos “toca”, a veces no se ajusta con el pensamiento personal (y/o profesional) de quien lo realiza, pero como dice Reinaldo “alguien debe hacerlo”. Si después de razonar una solución diferente a la propuesta por nuestros superiores no se acaba aceptando, está claro que puedes negarte y decidir no hacerlo, pero supone abandonar irremediablemente tu puesto, así que la mayor parte quedamos como dice Pink Floyd en Shine on your crazy Diamond: “you were in the crossfire” (estabas atrapado en el fuego cruzado) y optamos por ejecutar la orden ponderando de la mejor manera posible su realización, ¿cómo? aportando desde nuestra posición aquellas modificaciones que, sin ser contrarias a la norma, ayuden a que su puesta en marcha sea más efectiva, menos traumática o mejor valorada.
Normalmente, por posición (o llámalo nivel) tenemos la posibilidad de minimizar aquellos aspectos negativos o de realzar los positivos, empatizando y buscando una posición aséptica por supuesto sin engañar, y así poder trasladar las decisiones que sean y a quien sea. Empatizar no requiere criticar la solución, simplemente trasladar que, conociendo las repercusiones que pueden tener, hay que cumplir con lo ordenado.
MM/AT
