La Frase de la semana 64

Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca.

   Amadou Hampâté Bâ

“En África, cuando un anciano muere, una biblioteca arde, toda una biblioteca desaparece sin necesidad de que las llamas acaben con el papel”.

Amadou Hampâte Bâ, (Malí, 1900 o 1901 – Costa de Marfil, mayo 1991) fue un escritor, historiador, etnólogo, poeta y cuentista de gran talento, es una de las más altas figuras de la sabiduría y la cultura africana, defensor de la tradición oral, realizó una destacada labor en el campo de la recuperación y transmisión de la cultura africana y sus archivos manuscritos, fruto de medio siglo de investigación sobre las tradiciones orales. Fue miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco de 1962 a 1970, donde lanzó su llamada, «En África, cuando una persona anciana muere, una biblioteca arde», frase que se transformó en proverbio. Se formó en la escuela coránica y en la francesa. Pronto destacó en sus estudios, e ingresó en la escuela de magisterio de la isla de Gorée (Senegal). A partir de 1922 ocupó diversos puestos en la administración colonial, y en 1942 empezó a trabajar como etnólogo en el IFAN (Instituto Fundamental de África Negra).

Con la independencia de su país, llegó a ocupar diversos cargos de responsabilidad en la UNESCO, institución desde la que trató de preservar las culturas orales africanas. A partir de 1970 centró su trabajo en la clasificación de los archivos acumulados durante toda su vida sobre las tradiciones orales del África occidental. Publicó varias obras sobre literatura oral, y su historia El extraño destino de Wangrin le valió el Gran Premio Literario de África Negra en 1974. Es autor de numerosas obras, entre las cuales destacan Tierno Bokar, le Sage de Bandiagra (1957), a modo de homenaje al maestro venerado; Koumen (1961), donde recopiló los cuentos y relatos iniciáticos de los pastores peule; Kaidara (1969) y Jesús visto por un musulmán (1976). También redactó sus memorias, ¡Amkoullel l’enfant peul y Oui mon commandant!, publicadas de manera póstuma.

Escribía Boni Ofogo, otro cuentacuentos camerunés, “en mi pueblo todavía existe el «árbol de la palabra», y cuando hay un problema en la comunidad, un conflicto o ha de tomarse una decisión importante, la gente se sienta a su sombra para debatirlo y escuchar a los ancianos”. Estos días mi reflexión es más un reconocimiento a nuestros mayores, padres y/o abuelos, a esa parte de nuestra población que debido a las circunstancias actuales está sufriendo más que el resto de nosotros. Muchos de ellos, además, separados de sus seres queridos para evitar males mayores y algunos sufriendo la enfermedad. El conocimiento adquirido en todas las vivencias que han debido soportar a lo largo de su vida los hace sabios, sabios en experiencia, sabios en lo que verdad importa, el conocimiento de la vida; puede que conocimiento y sabiduría no sean lo mismo, pero ellos han adquirido ambos a fuerza de sudor, sus consejos no serán los de un especialista o un doctorado, pero como mentor o consejero seguro que no tendrás a nadie igual, serán consejos dados desde su experiencia y seguramente desde su amor.

Pensando en ellos … una persona de 85 años que muera estos días nació en 1935, es decir, vivió sus primeros años en la guerra civil, su infancia y su adolescencia en la posguerra, la autarquía, los años del hambre y sin grandes oportunidades. Ha vivido Franco, la Transición, ETA, el aceite tóxico de colza, la aluminosis, la depresión del 93, la burbuja inmobiliaria del 97, la crisis del 2008… tuvieron que trabajar para sus padres, trabajar para sus hijos y hoy en día muchos de ellos trabajan (ayudan) para sus nietos. El respeto que debemos tener por esta generación debe ser sagrado, nuestro agradecimiento inmenso y nuestro reconocimiento total.

MM/AT

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