La Frase de la semana 52

Timeo Danaos et dona ferentes.

Temo a los griegos incluso cuando traen regalos.

La Eneida (libro II, 49) – Virgilio

Publio Virgilio Marón, en latín Publius Vergilius Maro, (Italia, 70 a.C. – Brindisi, 19 a.C.) fue un poeta romano que, aunque hijo de padres modestos, estudió retórica, lengua y filosofía griegas en Cremona, Milán, Roma y Nápoles. Si bien no intervino de modo directo en la vida política, desde muy pronto Virgilio disfrutó del apoyo de mecenas y amigos, como Cayo Mecenas, el poeta Horacio e incluso Octavio (el futuro emperador Augusto).

La Eneida es una epopeya latina escrita por Virgilio entre el 29 a. C. y el 19 a. C., por encargo del emperador Augusto con el fin de glorificar el Imperio atribuyéndole un origen mítico. Virgilio elaboró una reescritura, más que una continuación, de los poemas homéricos tomando como punto de partida la guerra de Troya y la destrucción de esa ciudad, y presentando la fundación de Roma a la manera de los mitos griegos; cuenta la historia legendaria de Eneas, un troyano que viajó a Italia, donde se convirtió en el antepasado de los romanos. Se suele decir que Virgilio, en su lecho de muerte, encargó quemar la Eneida, fuera porque desease desvincularse de la propaganda política de Augusto o fuera porque no considerase que la obra hubiera alcanzado la perfección buscada por él como poeta.

Volviendo a la frase original, Calcas (poderoso adivino griego) induce a los líderes de los dánaos (griegos) a ofrecer a los troyanos el llamado «Caballo de Troya». Sin embargo, el sacerdote troyano Laocoonte desconfía de dicho presente, y advierte a los troyanos que no acepten el obsequio, exclamando: “¡Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes”. («¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los griegos incluso si traen regalos»). Cuando al intentar quemar el caballo, Laocoonte y sus dos hijos son devorados por dos enormes serpientes, los troyanos consideran que el caballo ha sido bendecido por la diosa Atenea e interpretan la muerte de Laocoonte como un signo de su desagrado y así aceptan introducir el regalo en la ciudad… y ya sabéis como acaba la historia.

Solo conozco otro regalo envenenado más o menos de la misma época, otra leyenda: la caja de Pandora; aunque sí hay ejemplos en la literatura posteriores, como el del hermoso bastón que, se dice, le envió una dama al papa Alejandro VI; que era hueco y en su interior llevaba trozos de ropa de un apestado…pero bueno, hoy en día, realizar “regalos envenenados” tiene otros sentidos, aunque el fin sigue siendo el mismo, perjudicar, normalmente de forma voluntaria, a quien lo recibe. Podríamos describirlo como aquel agasajo que recibimos pero que a la hora de ser disfrutado por el beneficiario el gasto o el coste que representa es, en ocasiones, mayor que el valor del obsequio. Y sirve igual en términos literales, ese premio televisivo por el cual debemos pagar a hacienda, el “regalo” del banco que es capital inmobiliario o como en términos metafóricos, la pregunta que te hacen en público sabiendo que en tu respuesta habrá un error o la posibilidad de atacarte, o esa promoción o inclusión en un grupo de trabajo con la que al final te están obligando a trabajar por ti… y por los demás.

Está claro que es en ese último grupo donde quería prestar atención. Hay verdaderos especialistas en endosarnos ese tipo de regalos. En algunas ocasiones nos “venden” la inclusión en diferentes comisiones de trabajo como una posibilidad única de darnos visibilidad o la posibilidad de mostrar nuestras aptitudes en diferentes espacios y ante diferentes espectadores… bueno, en ocasiones eso es un auténtico “regalo envenenado” porque en realidad, algunos de esos grupos de trabajo son inútiles, proyectos absolutamente irrealizables o peor aún realizables pero abocados a fracasar: y estar en ellos o comandarlos nos va a hacer quedar en falso o demostrar todo lo contrario que nos proponíamos (pero a veces no lo que se proponían otros).  Vuelvo a otro libro antiguo para encontrar la manera de solventar estás situaciones, como en otras ocasiones me refiero al Eclesiastés y más concretamente al 7.16, que dice así:

No hay que pasarse de bueno

ni tampoco pasarse de listo.

¿Para qué arruinarse uno mismo?

Pues eso, vigilemos no pasarnos de listos y acabar arruinando nuestro futuro.

MM/AT

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