La Frase de la semana 43

No hay recompensas por perder.

Ken Follet

Kenneth Martin Follett, más conocido como Ken Follett (Gales, junio 1949), es un escritor británico de novelas de suspense e históricas. Vivió en su ciudad natal hasta que su familia se trasladó a Londres cuando él tenía diez años. Fue el mayor de tres hermanos a los cuales sus padres no permitían ver la televisión, ir al cine o escuchar la radio, así la mayor fuente de distracción para el joven Ken eran los cuentos que le narraba su madre y las fantasías y aventuras que imaginaba él mismo. Empezó a leer muy pronto; los libros se convirtieron en su mayor placer y la biblioteca en su lugar favorito. En 1967 ingresó en la University College of London, donde estudió filosofía y se implicó en movimientos de izquierdas.

Empezó a trabajar como periodista, pero al encontrar el trabajo poco gratificante, lo dejó por la edición y se convirtió, al final de los años 1970, en subdirector de gestión de Libros Everest. Empezó a escribir relatos, al principio como afición, por las tardes y los fines de semana. El éxito le vino con la publicación, en 1978, de La isla de las tormentas, que le hizo internacionalmente famoso. En 1989, cambió la temática de espionaje de sus novelas, pasando a escribir Los pilares de la tierra en la que narra la construcción de una catedral. Sus siguientes novelas han tenido igualmente mucho éxito y ha recibido diversos premios por ellas. Algunas han sido adaptadas al cine o a series de televisión. Se involucró a finales de los años 1970 en las actividades del Partido Laborista del cual es un prominente partidario.

            La frase está incluida en el libro Los pilares de la tierra y hoy en día podemos trasladarla a cualquier actividad, pero especialmente a nuestro entorno profesional. La mayoría (por no decir todos) de los sistemas de compensación que se utilizan no valoran el esfuerzo realizado, valoran únicamente los resultados obtenidos. Podemos estar de acuerdo o no con esa realidad, pero las empresas se basan en la consecución de objetivos y si ha representado poco o mucho esfuerzo no es la parte (más) evaluada. En la mayoría de las empresas, por no decir todas, no hay crédito profesional, hay que demostrar la valía día a día, semana a semana, mes a mes en un ciclo que se renueva año tras año y que obliga a una competitividad constante.

            Si lo pensamos fríamente, es decir sin ser nosotros parte beneficiaria del tema, es razonable y en cualquier otro ámbito lo encontraríamos lo más lógico… pero tratándose de dinero (o remuneración sea del tipo que sea) lo consideramos injusto. Como ejemplo el ámbito deportivo, más concretamente el atletismo, el ganador de la competición se lleva todos los honores; pero el esfuerzo, la preparación y el entrenamiento seguro que como mínimo ha sido parecido para todos los atletas que competían. Si, la capacidad y el potencial de todos no es el mismo, pero ¿no pasa eso también en las empresas?

            No hace falta que me recordéis que en el mundo empresarial el asunto lo podemos hacer mucho más complicado: objetivos personales, de sección, de departamento. generales de empresa, medios para conseguirlos, sacrificio de algunos departamentos por el objetivo general, porcentajes de ratios, propuestas desproporcionadas, presupuesto condicionado… podemos singularizarlo hasta la mínima expresión, pero el final es el mismo: no hay resultado, no hay gratificación. También es cierto que a la hora de repartir esas “gratificaciones” es posible que las decisiones de empresa se hayan desequilibrado en beneficio de alguien o de algún departamento en particular, ahí es donde el mánager debe ser consciente para equiparar posibles desajustes teniendo en cuenta también una sentencia de Víctor Hugo, “es cosa fácil ser bueno, lo difícil es ser justo”.

Para acabar, estas son las (o mejor dicho mis…) tres reglas básicas de la compensación:

– Con el entusiasta pon más pasta.

– Con el tendencioso lo más riguroso.

– Para el indiferente la legislación vigente.

MM/AT

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