La Frase de la semana 24

La gente aguantaba que les mordiera un lobo, pero lo que verdaderamente les sacaba de quicio era que les mordiera una oveja.

James Joyce

James Augustine Aloysius Joyce (Dublín, febrero 1882 – Zurich, enero 1941) Escritor irlandés en lengua inglesa. Junto con el francés Marcel Proust, el checo Franz Kafka y el estadounidense William Faulkner, fue uno de los principales artífices de la profunda renovación de las técnicas narrativas de las primeras décadas del siglo XX. Nacido en el seno de una familia de arraigada tradición católica, estudió en el colegio de jesuitas de Belvedere y después se matriculó en la National University de Dublín, en la que comenzó a aprender varias lenguas y a interesarse por la gramática comparada. La obra de Joyce está consagrada a Irlanda, aunque vivió poco tiempo allí y mantuvo siempre una relación conflictiva con su compleja realidad política e histórica.

En 1904 contrajo matrimonio y se trasladó a Zurich. Durante la Primera Guerra Mundial vivió pobremente junto a su mujer y sus dos hijos en Zurich y Locarno. La novela semiautobiográfica Retrato del artista adolescente, de sentido profundamente irónico, que empezó a publicarse en 1914 en la revista The Egoist y apareció dos años después en forma de libro en Nueva York, lo dio a conocer a un público más amplio. Pero su consagración literaria completa sólo le llegó con la publicación de su obra maestra, Ulises, novela experimental en la que intentó que cada uno de sus episodios o aventuras no sólo condicionara, sino que también «produjera» su propia técnica literaria, la obra, inversión irónica de la Odisea de Homero, explora veinticuatro horas en la vida del protagonista, durante las cuales éste intenta no volver a casa, porque sabe que su mujer le está siendo infiel. Durante la Segunda Guerra Mundial se trasladó de nuevo a Zurich, donde murió ya casi completamente ciego.

            La frase está incluida dentro del libro Ulises y es una bonita manera de describir cuánto nos sorprende cuando recibimos un contratiempo de alguien que no esperamos o que creemos que por su forma de ser nunca lo haría. Ese “mordisco” nos duele más por no estar prevenidos a recibirlo, por pensar que no podía ocurrir o por creer (erróneamente o no) que no lo merecíamos. El hecho es que, al no estar preparados encajamos peor el golpe; para este tipo de situaciones Hannah Arendt tiene su propia receta: “hay un precepto bajo el cual he vivido; prepárate para lo peor, espera lo mejor y acepta lo que venga”, así sea lo que sea lo que nos deparen los demás, nada nos sorprenderá.

            También puede ser que nos tuvieran confundidos, es decir que quien creíamos cordero fuera en realidad otra cosa (no siempre será lobo) y que en algún momento nos enseña su verdadera cara ya que “existe una conexión fundamental entre lo que uno parece y lo que uno es. Todos nos convertimos en lo que fingimos ser”, (Patrick Rothfuss). pero al final “la gente no cambia, sólo se cansa de fingir”, (Anónimo) y eso hace que veamos una realidad de esa persona diferente de aquella que nos habíamos construido. Otra posibilidad es que hayamos sido nosotros los que hayamos montado una realidad paralela en nuestro interior que no encaja con la verdad, suele pasar más de una vez, la idea que teníamos de alguien, construida por nosotros, puede que nos haya defraudado o decepcionado y, lo más triste, igual éramos la única persona que tenía esa imagen pues estábamos cegados por otros sentimientos. Aunque también puede suceder lo contrario y “a veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina”, (Alan Turing), sorprendiéndonos en este caso para bien. No es el caso que nos exponía James Joyce, pero puestos a elegir sorpresas mejor que sean para bien.

MM/AT

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