La Frase de la semana 20

El número de malhechores no autoriza el crimen.

Charles Dickens

Charles Dickens (Reino Unido, febrero 1812 – junio 1870) fue un escritor y novelista inglés, uno de los más reconocidos de la literatura universal, y el más sobresaliente de la era victoriana. Fue maestro del género narrativo, al que imprimió ciertas dosis de humor e ironía, practicando a la vez una aguda crítica social. En 1822 su familia se trasladó de Kent a Londres, y dos años más tarde su padre fue encarcelado por deudas. El futuro escritor entró a trabajar entonces en una fábrica de calzados, donde conoció las duras condiciones de vida de las clases más humildes, a cuya denuncia dedicó gran parte de su obra. Empezó redactando crónicas de tribunales para acceder, más tarde, a un puesto de periodista parlamentario y, finalmente, bajo el seudónimo de Boz publicó una serie de artículos inspirados en la vida cotidiana de Londres (Esbozos por Boz).

Se casó con Catherine Hogarth, hija del director del Morning Chronicle, el periódico que difundió, entre 1836 y 1837, el folletín de Los papeles póstumos del Club Pickwick, y los posteriores Oliver Twist y Nicholas Nickleby. La publicación por entregas de prácticamente todas sus novelas creó una relación especial con su público, sobre el cual llegó a ejercer una importante influencia, y en sus novelas se pronunció de manera más o menos directa sobre los asuntos de su tiempo. A “pesar” de los diez hijos que tuvo en su matrimonio, las crecientes dificultades provocadas por las relaciones extramatrimoniales de Dickens condujeron finalmente al divorcio en 1858, al parecer a causa de su pasión por una joven actriz, Ellen Teman, que debió de ser su amante. En 1858 emprendió un viaje por el Reino Unido e Irlanda, donde leyó públicamente fragmentos de su obra. Tras adquirir la casa donde había transcurrido su infancia, Gad’s Hill Place, en 1856, la convirtió en su residencia permanente hasta su fallecimiento.

            Pensar que por que lo hace todo el mundo, el delito es menos delito, es una forma muy típica – podríamos decir que muy nuestra – de apuntarnos a no cumplir alguna norma. Por muchos anuncios que nos recuerden que Hacienda somos todos, que los límites de velocidad deben cumplirse por seguridad o que la prevención en los accidentes laborales es importante; lo cierto es que después no nos escandalizamos por pagar facturas sin IVA, exceder los límites de velocidad hasta donde sabemos que el radar no puede pillarnos o dejar de utilizar alguna de las EPI’s necesarias porque son incómodas o engorrosas para trabajar, y si eres de los pocos que cumple con todo, es posible, incluso, que para el resto del mundo seas considerado un tonto en vez de un ejemplo a seguir.

            Lo malo es que los ejemplos que vemos a diario no ayudan a cambiar esta impresión, artistas defraudadores, políticos corruptos, deportistas estafadores, empresarios deshonestos, llenan cada día las páginas de los diarios y los noticieros mostrándonos que la mayoría, además, nos dicen que están siendo “maltratados” porque los han pillado…lo cual ya es el colmo de la desfachatez.

Además, si nos acostumbramos a esta situación acabaremos asumiéndola, y a partir de ese punto ya no hay retorno: “si somos absolutamente tolerantes con los intolerantes y no defendemos la sociedad, los tolerantes y la tolerancia serán aniquilados”, (K. R. Popper). No podemos (¿debemos?) acostumbrarnos a que estas situaciones sean lo normal pues, si seguimos así, estamos desvirtuando lo que es la propia normalidad. Decía Sartre, “lo más aburrido del mal es que a uno lo acostumbra”. Si llegamos a acostumbrarnos a vivir en esta situación vale la pena que demos un repaso general para salir de ella.

MM/AT

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.